En el mundo empresarial actual, la palabra “ciberseguridad” se repite como un mantra. Todos hablan de protección, de inteligencia artificial, de monitoreo continuo, de plataformas y dashboards. Sin embargo, entre tanta tecnología, algo esencial se está quedando atrás: la gestión de riesgos.
Y ese descuido es mucho más serio de lo que parece.
Muchas organizaciones están invirtiendo fuerte en ciberseguridad, pero sin una estrategia clara sobre qué riesgos están realmente mitigando. Implementan controles sin medir su efectividad, reportan incidentes sin priorizar su impacto, y aceptan riesgos sin comprender su verdadero alcance. Lo que quiero decir es que aunque existe la sensación de que sí se están protegiendo, no necesariamente están administrando adecuadamente dicha protección. Acá es donde se abre paso la Gestión de Riesgos (GR).
La GR es el marco que da sentido a todas las decisiones de seguridad y continuidad. Define qué vale la pena proteger, cuánto riesgo se puede asumir y cuándo una inversión deja de ser preventiva para convertirse en gasto innecesario.
El verdadero reto para toda empresa, no está en comprar más herramientas, sino en pensar estratégicamente: medir el riesgo residual, analizar impactos, establecer apetitos de riesgo, y generar gobernanza. Sin esta estructura, la ciberseguridad se vuelve reactiva, y la empresa vive “apagando incendios” en lugar de anticiparlos.
Siendo objetivos, lo que más preocupa hoy no es la falta de tecnología —es la falta de visión integrada—. Las juntas directivas y los gerentes, necesitan incorporar gestores de riesgos que traduzcan la complejidad técnica en decisiones de negocio. Profesionales capaces de conectar métricas de seguridad con indicadores financieros, regulatorios y reputacionales.
Blindar una empresa no consiste solo en cerrar brechas digitales, sino en entender el mapa completo del riesgo: tecnológico, humano, operativo y estratégico.
Cada día que pasa sin una gestión formal del riesgo es un día en que la organización confía en la suerte más que en la planificación. Y la suerte no tiene retorno de inversión.
Si las empresas no abren espacio para la gestión de riesgos dentro de su cultura corporativa, seguirán creyendo que están seguras… hasta que descubran lo contrario.
Hoy, más que nunca, necesitamos que el liderazgo empresarial deje de preguntar “¿qué herramientas tenemos?” y empiece a preguntar “¿qué riesgos estamos asumiendo y por qué?”.